miércoles, 20 de mayo de 2026
Análisis
¿Por qué el gobierno y la oposición buscan renovar el sistema judicial en Venezuela?
La AN aprobó la reforma de la Ley Orgánica del TSJ elevando de 20 a 32 los magistrados para agilizar el sistema judicial y reacomodar el poder institucional. El consenso entre gobierno y oposición busca mejorar la operatividad y legitimidad del Tribunal
20 de mayo, 2026
Por: Polianalítica
Recientemente, la Asamblea Nacional aprobó por unanimidad, en primera y segunda discusión, la reforma parcial de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia, una medida que eleva de 20 a 32 el número de magistrados que integran la Sala Plena. Oficialmente, el argumento central de la reforma es atender el cúmulo de causas pendientes, agilizar los procesos judiciales y fortalecer la capacidad operativa del máximo tribunal del país. Sin embargo, la decisión posee una dimensión política mucho más amplia, pues ocurre en un momento de reacomodo institucional en medio de los intentos del gobierno de Delcy Rodríguez por construir una nueva etapa de gobernabilidad sustentada en consensos parciales y señales de apertura.

La iniciativa, impulsada por Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez como parte de un “gran acuerdo nacional”, representa uno de los pocos puntos de coincidencia recientes entre el sector oficial y los sectores de oposición con representación parlamentaria. Aunque se trata de una oposición minoritaria y fragmentada, su respaldo a la reforma refleja un cálculo político que trasciende el contenido técnico de la ley. Para el gobierno, la ampliación del TSJ responde al menos a cuatro objetivos concretos: mejorar la eficiencia interna de un sistema judicial ampliamente cuestionado incluso dentro del chavismo; redistribuir cuotas de poder dentro de la estructura institucional en una nueva etapa política; proyectar una imagen de mayor pluralidad y legitimidad ante actores internacionales; y canalizar presiones externas e internas sin comprometer el control estratégico del Poder Judicial.

Desde la perspectiva oficial, la reforma también busca transmitir la idea de una “normalización institucional” luego de años de fuerte confrontación política y cuestionamientos sobre la autonomía judicial. La ampliación del número de magistrados permitiría, además, abrir espacios de negociación con sectores políticos moderados y reforzar la narrativa de inclusión promovida por el Ejecutivo. En otras palabras, el gobierno intenta presentar la reforma no solo como una medida administrativa, sino como una pieza de estabilización política.

Por su parte, la oposición con presencia en la Asamblea Nacional, distinta al sector liderado por María Corina Machado, está integrada por bloques minoritarios como el Grupo Parlamentario Libertad (Unión y Cambio) de Henrique Capriles, Vamos Venezuela vinculado a Alberto Galíndez y Gustavo Duque (Fuerza Vecinal), Alianza Democrática y UNT-ÚNICA, entre otros. En conjunto, estas organizaciones representan apenas entre el 3 % y el 6 % de los escaños parlamentarios, lo que limita significativamente su capacidad de incidencia real sobre las decisiones estructurales del Estado.

Aun así, estas fuerzas respaldaron la reforma por razones estratégicas. Su apuesta parece orientarse a ganar espacios dentro de la Comisión de Postulaciones Judiciales para influir, aunque sea parcialmente, en futuros nombramientos y consolidar una imagen de oposición institucional, negociadora y pragmática. Para estos sectores, participar en la discusión judicial también les permite diferenciarse de las posiciones abstencionistas o de confrontación frontal, preservando presencia política dentro del aparato institucional venezolano.

No obstante, el consenso alcanzado no necesariamente implica una transformación profunda del sistema de justicia. Diversos organismos internacionales y expertos en gobernabilidad han señalado durante años que los principales problemas del Poder Judicial venezolano no se reducen al número de magistrados o a la carga procesal, sino a la falta de una verdadera independencia, estabilidad institucional y garantías de imparcialidad. En ese sentido, ampliar el TSJ puede aliviar ciertas deficiencias operativas, pero difícilmente resolverá los cuestionamientos estructurales sobre autonomía judicial si los mecanismos de selección continúan subordinados a criterios políticos.

Esto refleja una convergencia pragmática de intereses. El gobierno busca eficiencia, legitimidad y control político administrado. La oposición parlamentaria intenta abrir espacios graduales de participación y reducir parcialmente la politización del sistema. Sin embargo, el desafío de fondo sigue intacto: reconstruir la confianza ciudadana en la justicia venezolana. Esa meta no dependerá exclusivamente de aumentar el número de magistrados, sino de garantizar procesos transparentes de designación, independencia frente al poder político, experiencia y solvencia moral. Solo bajo esas condiciones una reforma judicial podría traducirse en una verdadera recuperación institucional del país.
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